La cosecha (Junio, 2015)

La mujer decidió, entonces, que los abuelos se llevaran al varón. Con la niña estaba dispuesta a reivindicarse, a revertir las consecuencias del pasado campesino en su hija. El otro ya no tenía remedio. Con más de quince años, la misión civilizadora era imposible. Tampoco es como si pudiese servirle de algo, pues un hombre como él solo serviría para ser soldado. Con suerte, su muerte le traería algo de honor a la casa. Nada más que eso. Pero su hija, su preciosa hija, tenía un cabello muy hermoso. La mujer disfrutaba del reflejo de ambas en el espejo mientras cepillaba al menos cien veces cada uno de los mechones color caramelo. Casi podía saborear lo dulce, lo puro, de cada hebra.

¿Qué bien podría hacerle a esa niña tener callos en las manos y manchas en la piel? Debía, en lugar de quejarse, agradecer su suerte. Dejar de lloriquear. No estaba halándole el cabello con tanta fuerza. Además, cuando fuese adulta ya no recordaría que en el cielo existen estrellas.

Aquella niña tenía seis meses y el chiquillo cinco años cuando esa mujer, a quien no se acostumbraron a llamar mamá, se fue con el hombre de traje que venía de la ciudad. Sola. Él colocó una piedra brillante en su huesudo y pretensioso dedo y aquello fue más que suficiente. Sin embargo, el hombre de traje se lo advirtió, sólo para que al final de la historia aquella mujer no pudiese hacerse la víctima: tendría que pagarle algún día todas y cada una de las cosas que le estaba ofreciendo. Sin pensarlo, ella aceptó; ya encontraría algo que entregar en su lugar.

. Atrás quedó la granja paterna y los dos pesados recuerdos de la entrega carnal al hombre equivocado. Y aun cuando ella siempre fue perezosa y quejona, los niños rápidamente le agarraron cariño a la tierra. Jugaron en el río, aprendieron a saltar entre las rocas y a pescar con las manos. También conocieron pronto del oficio de la siembra con el abuelo y tuvieron la dicha de comer aquello que ellos mismos habían ayudado a sembrar. Eran niños nacidos en, para y por el campo. Se notaba, y muchas veces se les confundía con becerritos o terneros cuando andaban libres entre los animales; ellos nunca fueron capaces de hacerles daño.

Pero la abuela siempre lucía nerviosa cuando la niña, aferrada al brazo de su hermano, se aventuraba al mundo salvaje que la rodeaba. Le limaba las uñas constantemente, cepillaba su hermoso y suave cabello cada noche. Ella conocía las condiciones del préstamo hecho a su hija, a aquella mujer. Sabía que había que pagarle al hombre de traje. Sabía la clase de negocios en los que estaba enredado. Sabía que para él una mujer no valía más que lo que sus clientes pagaban por ellas.

Por los momentos la niña era demasiado pequeña para que sirviera como pago… pero el varoncito comenzaba a sospechar. Hacía demasiadas preguntas: ¿para qué esos vestidos? ¿por qué la enseñas a tocarse los labios así? ¿de qué le serviría a una niña del campo acostumbrarse a mirar su propia desnudez?

La mujer decidió, entonces, que los abuelos se llevaran al varoncito. Con la niña, estaba dispuesta a reivindicarse, y se la llevó a la ciudad. Todas las noches cepillaba su cabello, tranquila, paciente. Sabiendo hábilmente como cosechar la belleza. Y asustada, un poco, sintiéndose ligeramente culpable. Pero al mirarse y al mirarla en el espejo, sólo podía sentir satisfacción. Que fruta tan fresca, pura y costosa salido de sus entrañas.

Iraima Valentina Andrade

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