Pokémon GO: Mi experiencia (+ ¿Se dice “Pokémones”?)

Para los que no lo saben, y deben vivir debajo de una roca si es que no, Pokémon GO es un videojuego de aventura desarrollado por Niantic, Inc. para dispositivos iOS y Android. Con su nueva plataforma de “realidad aumentada” combina elementos virtualmente diseñados con el entorno del jugador para crear toda una experiencia nunca antes vista —aunque siempre soñada— en el mundo de los videojuegos. Suena a ciencia ficción, ¿verdad? Pues si eres de los que le gusta comprobarlo todo, puedes verlo por ti mismo.

Puedes visitar el website oficial de Pokemon GO haciendo click aquí.

Un poco acerca de Pokémon, como debe ser

Muchos reconocerán este título como parte de su infancia, pero la historia es más larga e interesante de lo que creen. Comienza como cualquier otra leyenda del mundo de los videojuegos: con un chico raro. Satoshi Tajiri era un joven estudiante de preparatoria que no disfrutaba de la escuela. Le aburría estudiar, no tenía demasiados amigos y mucho menos suerte con las chicas. Sus mayores aficiones eran los videojuegos y cazar insectos. Sí, insectos. Ya comienzan a entender de donde viene todo, ¿verdad?

A pesar de que odiaba la escuela, era un tipo bastante listo. Logró convertirse en beta teaster de muchos juegos importantes desarrollados en Japón durante su juventud, y junto con Ken Sugimori fundó la revista Game Freak en 1989, que más adelante se convertiría en una compañía de videojuegos.

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Los dos chicos tenían una gran idea: crear un juego en el que pudieses recolectar toda clase de monstruos y hacerlos evolucionar en formas asombrosas, conceptos tomados de la entomología y del antiguo pasado de Tajiri como el Dr. Insecto. El objetivo era recrear en los niños que vivían en la creciente ciudad de Tokyo la emoción que recordaba Tajiri de recolectar y criar diversos insectos durante su infancia.

Pero había algo que estos muchachos necesitaban: financiamiento. Enviaron su proyecto a Nintendo, donde Shigeru Miyamoto —nada más y nada menos que el creador de Mario Bros— les ofreció asistencia y los mejores consejos. Con el concepto de Tajiri y el diseño de los monstruos de Sugimori, finalmente en 1996 salió al mercado “Pocket Monster Aka and Midori”. Si bien el juego no demostró la aceptación suficiente, tras el primer año sobrepasó el millón de copias vendidas.

Tras el indudable éxito el juego fue enviado a occidente. Debido a que Mattel en ese momento estaba lanzando una línea de juguetes llamados “Monsters in my pocket”, el juego tuvo que acortar su nombre a Pokémon Red and Blue. Pero eso no significó un gran problema, ya que a tan sólo una semana de su lanzamiento se vendieron más de 200.000 copias en Estados Unidos. Con el tiempo y debido a su creciente popularidad, Pokémon se convirtió en toda una franquicia y se extendió a diversos medios de entretenimiento como la televisión, juegos de cartas, figuras de acción, muñecos de peluche, entre otras cosas. Todo lo que sus retorcidas mentes puedan imaginar. En serio, todo.

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¿Cómo me enteré del juego?

Supe de Pokémon GO mucho antes que la mayoría. No, no se trata de que sea SUPERREQUETERECONTRAFAN de la saga. Fue más una cuestión de retroalimentación forzosa, como cuando te aprendes las letras de todas las canciones de reggaeton y ballenato porque es lo único que ponen en muchos de los autobuses, fiestas y hasta tiendas de zapatos de tu país. El punto es que conocía algunas cosas acerca del juego, pues una de mis amigas sí estaba bastante interesada en Pokémon. Ella es de las que fácilmente podría identificarte más de la mitad de los Pokémon —no Pokemones, pero ya hablaremos de eso más adelante— de primera generación, aunque no sé si esté cómoda con que la llame Fan. Cada cierto tiempo entre nuestras conversaciones diarias surgía uno que otro comentario acerca de lo que estaba por venir, pero realmente no puse demasiada atención hasta que un día lo mencionó: realidad aumentada.

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Oh, interesante. A partir de ese punto, por culpa de esa morbosa tecnológica que llevo dentro —¿Qué tan lejos podríamos llegar con esta nueva plataforma? *Inserte risa malvada*—, comencé a almacenar toda la información que ella me daba y a abrir cuanto link que tuviese que ver con el juego se me pusiera en medio.

Sin embargo, nunca imaginé que el juego se haría tan popular como lo es hoy. Honestamente, pensé que sería algo que sólo disfrutarían los seguidores de la saga y algún otro gamer fanático de Candy Crush y esos juegos de Facebook. Sin duda alguna, estaba equivocada. Parece que la vena de la aventura puede nacer de cualquier parte, porque incluso fuentes confirman que en la Asamblea Nacional hay entrenadores pokémon.

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Mi experiencia con Pokémon Go

El 6 de julio se desató la locura. El lanzamiento del juego comenzó en Estados Unidos, y como siempre, el chisme no tardó en llegar a Venezuela. Por Youtube y otras redes sociales muchos fuimos testigos de toda clase de anécdotas. Extraordinarias historias y cuentos de terror, desde accidentes hasta grandes eventos. Para bien o para mal, de este lado de América comenzó a crecer la expectativa y la cochina envidia. Incluso la locura. El hermano menor de una de mis amigas aseguraba que había un Snorlax en su casa.

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Comencé a planear lo que haría mucho antes de siquiera estar segura de que podría instalar la aplicación en mi celular, pero me contuve de caer en el pecado de ver algún GamePlay en Youtube. Me quería acercar a la plataforma con la inocencia virginal del que no tiene ni idea de qué hacer cuando abre el juego por primera vez.

Desperté la mañana del 3 de agosto de 2016 con mucha hambre y ganas de no salir de mi casa. Me puse las pantuflas, cepillé mis dientes y, obviamente, revisé las últimas noticias —inútiles y poco relevantes para el mundo— del Timeline de mi Twitter. Casi me atraganto con un pedazo de arepa cuando leí que el juego ya estaba disponible. Se lo conté a mi mamá; no le importó. Se lo conté a mi hermana; me ignoró. Mi perrita me vio como si me hubiese vuelto completamente loca.

Inmediatamente descargué e instalé la aplicación por la Play Store. El juego se inició, y yo no tenía ni idea de qué hacer. De alguna forma completé el registro y comenzó el juego. Música cursi, el profesor Willow dando instrucciones… y un mapa vacío, ¿dónde estaban los pokémon? Fue allí que caí en cuenta: oh, vivo en Venezuela. La conexión del wi-fi era tan lenta que tuve que pasar al menos 10 minutos caminando en círculos antes de que aparecieran en pantalla los primeros pokémon: Charmander, Bulbasaur y Pikachu. Obviamente, yo quería a la rata amarilla. La deseaba. La necesitaba. No sabía cómo atraparla. El acercamiento inocente y virginal a la plataforma ya no parecía una idea tan inteligente. Toqué la pantalla del celular por todos lados, y de alguna manera comenzaron a volar pokebolas contra un bulbasaur. Lo atrapé, oh sí… aunque yo quería a Pikachu.

No se lo digan a mi Bulbabu, mi primer y más lindo pokemon.

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¡Eso fue tan emocionante! Quería jugar más. MÁS. Y no tenía renta, ¡buu! Por los momentos, mi aventura llegaría tan lejos como el wi-fi de mi casa. Caminé en círculos por la urbanización donde vivo —un conjunto de ocho casas—, con la esperanza de encontrar algo. Lo que sea. Cualquier cosa. Sin embargo, lo único señalado en el mapa era una Parada Pokemon a unas cuadras de distancia. Al día siguiente dejé mi mezquindad a un lado y le recargué algo de saldo a mi celular.

Ya estaba lista para la acción. Caminé hasta la Parada Pokémon —una estatua azul de forma rara que está en la entrada principal del Centro Comercial AB—, y fue allí cuando una vez más la indudable verdad de mi nacionalidad intervino en mi vida. Sentí que alguien me estaba observando demasiado, alguien cuya apariencia y ademanes sólo me decía una cosa: alerta de malandro. Salí corriendo del centro comercial. Si iba a dedicarme seriamente a eso de la cacería pokémon, necesitaría diseñar un mapa estratégico de zonas seguras en las que pudiese jugar sin miedo a que me robaran.

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Acabé gastándome los pocos pokebolívares de pokesaldo atrapando uno o dos pokémon y recolectando pokeobjetos de las pokeparadas. También aprendí que agregar el prefijo “poke” a las palabras hacía que cualquier oración sonara divertidísima. Pero mi aventura estaba lejos de terminar. Ese domingo fui a visitar a mi mejor amiga a su casa… su casa con wi-fi.

Oh, sí. Una nueva zona de cacería pokémon. Atrapé dos en la sala, cuatro en su cuarto, tres en la cocina y uno en el baño. Un pokémon de agua en el baño. Ya, pues. Ya entendí. No es tan divertido cuando lo cuentas. En medio de esa emocionante lluvia de pokémon apareció la tan esperada rata amarilla en mi radar, ¡PIKACHU! Tenía que ser mío. Comencé a caminar por toda la casa, esperando que me apareciera en el mapa para atraparlo. Pronto estaría en mis manos. Lo trataría como a un bebé. Lo llevaría de paseo. Le compraría juguetes. Entonces, se fue la luz. Y con ella, el wi-fi. Adiós, Pikachu.

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Cuando hablamos con la mamá de mi mejor amiga al respecto, ella mencionó que tal vez estaba llevándome los espíritus de su casa. Lo primero que vino a mi mente fue ese video en que Dross mencionó la especial afinidad que tenía el juego con los cementerios. Estuve a punto de borrar esa mierda, aunque me relajé cuando ella comenzó a reirse de mi cara de pánico. No, no es que yo sea especialmente supersticiosa. Para nada. Al final, decidimos que mi amiga montaría un negocio muy especial: cobraría comisión por cazar los pokémon que había en su casa.

El venezolano tiene que rebuscarse como sea. 

Mientras tanto, en mi casa.

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El lunes, finalmente, Movistar me asignó los paupérrimos megas con los que me tocaría sobrevivir este mes. Por primera vez en mi vida no me importó nada y salí corriendo a la calle a jugar Pokémon GO como Dios manda. Acompañé a mi hermana a hacer algunas diligencias, por lo que recorrí dos centros comerciales y varios kilómetros en automóvil. Atrapé varios pokémon, pasé por muchas pokeparadas, obtuve perfumes e incubadoras especiales, subí dos niveles, ¡fui genuinamente feliz! También le huí a los Gimnasios Pokémon y los entrenadores de niveles superiores, pero esa es otra penosa historia que no quiero contar. Acabé mi día con 97 pokémon y la satisfacción de un trabajo bien hecho.

En resumen, aprendí unas cuantas cosas

Lo bueno:

  • El juego consume menos megas de los que esperaba. En más de 3 horas de juego, tan sólo gasté 14MB. Honestamente, puedo vivir con eso. Gasta incluso menos que Instagram.
  • Acompañar a mi hermana a hacer sus diligencias —cacería de ofertas de ropa— nunca antes había sido tan divertido.

Lo no tan bueno:

  • El juego consume mucha batería y recalienta mi celular. No sé si es porque mi equipo ya es casi un dinosaurio.
  • El GPS no es tan preciso como quisiera y de vez en cuando se cae la señal. El avatar se mueve por el mapa cuando le da la gana y a veces no se cargan los pokemon o pokeparadas en el mapa. Aunque eso no es culpa de Niantic, sino de la pésima efectividad de la red telefónica nacional.
  • Entiendo que el juego quiera proteger a los jugadores y se asegure de que mientras conduzcas no juegues, pero me deprime que me recuerden tantas veces que aún no sé manejar y que tampoco tengo dinero para comprarme un carro. Sí, Niantic, soy pasajero. SOY PASAJERO.

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  • El juego te distrae del mundo real. De los creadores de “Por andar viendo el celular me estrellé con una puerta de vidrio” llega “Estaba distraída y no me dí cuenta que estabas allí, por eso no te saludé”.

El veredicto final

A pesar de los problemas con la señal y el GPS, las limitaciones por causa de la inseguridad y los golpes en la cabeza por andar distraída, fue una experiencia muy grata. Hice algo de ejercicio y sentí la emoción de una pequeña aventura, a pesar de las miradas prejuiciosas de la gente.

La sorpresa más grata, sin duda, fue que gastara tan pocos megas. Todavía no me recupero de semejante descubrimiento, ¿ahora como sabré cuando parar? Al final, pese a las historias de terror, las anécdotas negativas y las profecías apocalípticas que anunciaban la destrucción del mundo, yo disfruté el juego y por eso le daré 4 clips.

4 clips

La explicación que prometí

La palabra Pokémon viene de la abreviatura de Pocket Monsters, como lo aclaramos en un principio. Sin embargo, si bien el nombre utiliza palabras en inglés, fue creado originalmente en japonés y escrito en katakana (alfabeto utilizado para escribir palabras de origen extranjero). De acuerdo con las leyes gramaticales de este idioma, no existe diferenciación alguna entre las palabras en singular y plural, sino que se distingue por el contexto de la oración.

Por esa razón, Pokémon siempre es Pokémon, sean uno o 10.000. Sin embargo, como este es un mundo libre y cada quien puede hacer lo que quiera, si les gusta ir por la vida diciendo pokemones, ¡adelante! No es como si la Real Academia de la Lengua Española pudiese hacer algo al respecto. Después de todo, ya casi nadie usa los signos de puntuación e igualmente sobrevivimos al 2012, ¡así que no se preocupen!

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Y ustedes, ¿vivieron alguna aventura con Pokémon GO?

Pueden contarla usando la caja de comentarios.

Por si quedaron con ganas de saber más…

El video de Dross que mencioné

Él es gracioso

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