El karma no existe

¿Alguna vez han escuchado de esa fuerza sobrenatural que incita al mundo a moverse en contra de los que obran mal y a favor de los que obran bien? Seguramente sí: a eso le llaman karma. Según las creencias de diversas religiones dhármicas —hinduismo, budismo, jainismo…— y uno que otro mito pagano de las abuelas y las tías esotéricas, el ser humano reencarna tras la muerte. Puede que antes de ser tú hayas sido un tigre y una vez que mueras reencarnes como gusano, pero ésta no es una cuestión de azar. De acuerdo con las leyes del karma, cada una de las sucesivas reencarnaciones de un alma está condicionada por los actos realizados en vidas anteriores. Así que, si te has portado mal en esta vida y crees en estas cosas, no esperes reencarnar en algo mejor que una mosca. Todos odian a las moscas. Horribles moscas.

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Si bien no tengo muy claro de qué trata todo eso —o si debo creer—, tampoco es eso a lo que me refiero. Como dije más adelante, la gente comúnmente suele referirse al karma como una especie de ley cósmica de retribución. Algo parecido a ese conductismo severo al que éramos sometidos de pequeños en una fiesta de cumpleaños: el que no se sienta, no come torta. Si obras bien, cosas buenas pasarán; si obras mal, te irá mal.

Pues, gracias a una cadena de eventos del día de hoy, decidí no creer más en eso. No, no tienen que preguntarme —porque, aunque no les interese—, les contaré.

Yo no suelo hacer favores a la gente desconocida en la calle. Estoy segura de que muchos venezolanos entenderán porqué. Hoy en día uno no sabe qué pensar del que está al lado: ¿y quién será ese? ¿Por qué me mira así? ¿Por qué respira tan cerca de mi espacio? ¿Será que quiere robarme, secuestrarme, matarme y descuartizarme? Por la situación que vivimos, el venezolano ha aprendido a ser demasiado precavido, casi hasta el punto de no querer hablar con desconocidos en la calle.

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Pero siempre hay excepciones, y hoy me tocó vivir la excepción a mí. A eso de la una del mediodía, una amiga me dijo que necesitaba ir a Farmatodo. Aunque tenía algunas cosas que hacer después de salir de la universidad, decidí acompañarla. Mientras ella buscaba lo que iba a comprar, me dijo que le hiciera la cola para pagar. Ahí estaba yo, con mi mejor cara de aburrimiento, viendo si había pokeparadas cerca que pudiese aprovechar mientras esperaba. No se había ni siquiera abierto la aplicación en mi celular, cuando una señora mayor se me acercó.

—Ay, mamita, y me perdona que la moleste, ¿será que usted me puede ayudar?

No me gusta que invadan mi espacio personal, y esa viejita se acercó demasiado.

—Sabe, yo necesito comprar un medicamento…

No puede ser, me iba a pedir plata. Me iba a pedir plata y yo le diría descaradamente que no tenía nada, sosteniendo un teléfono carísimo con la mano derecha.

—Sólo se consigue aquí. Vea la factura, cuesta doscientos bolívares…

Escondí disimuladamente el celular. Aunque si iba a robármelo, aquello ya no tendría mucho sentido.

—Mi hermana lo necesita. Sólo tiene treinta pastillitas, alcanza sólo para un mes…

Mi amiga sabe lo blandengue que soy, y más cuando se trata de gente mayor. Como es una mujer que huele el peligro a kilómetros, no tardó en ponerse detrás de mí y pelarme los ojos.

Epa, cuidado.

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—Ay, mija, si usted fuera tan amable de irme a comprar otra cajita —la señora se paró a mi lado, y me puso la factura casi en la cara—. Éste, vea. Otalán de 50. Yo se lo pago. Es que hoy vine a comprar más y me dijeron que estaba bloqueada. Por favor, no sabe la pena que me da.

La señora siguió insistiendo hasta que por fin me convenció, aunque yo de verdad no quería hacerlo. No porque fuese mala persona ni nada, pero… no sé. Uno ya no sabe qué trucos usan los malandros para robar. Mientras esperaba que fuera mi turno en la farmacia, varias ideas pasaron por mi cabeza: puedo decirle que ya no había el medicamento, debería hacerme la loca, ¿y si luego dice que no me las va pagar? Sin embargo, ¿qué eran doscientos bolívares, en realidad?

Eso no alcanzaba para absolutamente nada. Si al final todo resultaba ser una estafa, por lo menos no me saldría tan cara.

—Al menos ya hiciste tu buena acción del día —dijo mi amiga, quien ya había hecho su compra.

Cuando le entregué la medicina a la señora, me tomó de las manos y me bendijo como quince veces. Se ofreció a pagarme cincuenta bolívares más, pero ya me sentía toda una brabucona por tomar el dinero de una viejita. Le dije que no se preocupara, y que esperaba que su hermana se mejorara pronto. Con una última sonrisa agradecida, se marchó.

Pasé el resto de mi camino a casa pensando: Listo, ya hice mi buena acción del día. Si algún día estoy en esa situación, espero que alguien también me ayude.

Entonces, cuando llegué por fin a mi casa, me saqué el celular del escondite. La pantalla estaba un poco mojada de sudor, pero aquello era algo normal… normal hasta que se puso gris y unas rayas horizontales comenzaron a aparecer y desaparecer.

—¡El coño de su madre, no otra vez!

No pude evitar enojarme. Después de todo, ¿no había hecho hace menos de diez minutos algo bueno? Se supone que me tocaba una dosis de suerte ahora. Maldije y refunfuñé varias veces, forzando la pantalla del celular a funcionar, hasta darme cuenta de que era imposible. Estaba muerta. RIP. Adiós. Me quedé sin celular.

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Ahora, seguro muchos de ustedes se preguntarán: si pudieses hacer todo de nuevo, ¿volverías a ayudar a la señora? Si se les hubiese ocurrido decirme eso mientras luchaba contra el celular, probablemente la respuesta hubiese sido sí. Sin embargo, ¿realmente actué porque quería que me fuera bien después? No. Lo hice porque era lo correcto, porque pienso que todavía debe haber la bondad en las personas —aunque sea un poco—, porque necesito creer que no todo desconocido que me habla en la calle quiere hacerme daño.

Así que, al final, una viejita desesperada y una pantalla dañada me enseñaron una lección: si voy a actuar bien, que no sea para que me lo agradezcan, que no sea para que después el universo sea bueno conmigo, que no sea para recibir algo a cambio.

Aunque, honestamente, si me llamaran justo ahora para decirme que me acabo de ganar la lotería tampoco me molestaría.

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